La reforma militar republicana de Manuel Azaña
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Manuel Azaña forma parte del primer gobierno republicano y tiene claro cuál es la cartera ministerial que desea para ahí desarrollar la política en la que se consideraba perfectamente preparado.
Partía de unos conocimientos previos del mundo militar. Azaña partía de que el ejército le parecía un sector de la sociedad particularmente necesitada de una transformación profunda y amplia.
Ortega y Gasset que era parco en elogios y que no simpatizaba con Azaña dice que “hizo una gestión maravillosa, increíble, fabulosa y legendaria”
Conocía el ejército francés al que había estudiado y se había dado cuenta como fue la reforma del ejército francés que como en el caso español se encontraba hipertrofiado. Su reforma intentaba hacer un ejército más eficiente y que no fuera una carga para la sociedad española y que pudiera convivir en libertad.
Manuel Azaña tenía claro pues qué hacer con el ejército y tuvo fuerza para enfrentarse a una reforma tan dura como se le preveía por la resistencia que se iba a encontrar dentro del ejército pues suponía pasar a la reserva a gran número de oficiales y generales.
Azaña entiende perfectamente la oportunidad que se plantea con el cambio de régimen y creía que era el momento oportuno para hacerlo pues los anteriores intentos siempre habían acabado con la dimisión de quien lo había intentado.
José Ortega y Gasset que era parco en elogios y que no simpatizaba con Azaña dice que “hizo una gestión maravillosa, increíble, fabulosa y legendaria”.
Las primeras medidas que tomó Azaña consistieron en conseguir que el ejército aceptara perder su grandeza y hacer un ejército más ajustado a la realidad española con un número de tropas más proporcionado y sobre todo en el exceso que tenía el ejército respecto a su oficialidad.
La ley fundamental de esta reforma militar fue la Ley de Retiro de la oficialidad
Se eliminaron los cargos de capitán general, teniente general y gobernadores militares y se redujo casi a la mitad el número de unidades que en algunos casos no eran más una apariencia que una realidad.
La ley fundamental de esta reforma militar fue la Ley de Retiro de la oficialidad, por la que ésta daba treinta días a los oficiales a elegir entre el retiro con el sueldo íntegro o la permanencia en el ejército, pero para ello debían mostrar su adhesión al régimen republicano.
Se acogieron al retiro voluntario unos 7.000 oficiales que pertenecían a las armas de infantería, caballería y artillería. También se redujo el número de generales a la mitad.
Esta medida fue considerada muy drástica porque podía acceder a ella cualquier oficial y no se producía una selección de los mejores oficiales. Este planteamiento fue elogiado de forma unánime desde la prensa e incluso desde el ámbito militar.
Al mismo tiempo se produjo una revisión de todos los ascensos producidos con anterioridad. Como consecuencia de esto casi la mitad de los ascensos producidos en etapas anteriores fueron rechazados. Esto provocó que hubiera generales y oficiales que retrocedieron dos niveles.
Esto fue mal visto por muchos oficiales y generales, pero supuso el dominio del poder civil sobre el militar, cosa que no se había dado anteriormente en la vida política española.
Otras medidas iban encaminadas a someter el poder militar al civil por ello se hace desaparecer los Tribunales por Honor. De esta forma pudieron regresar al ejército todos los expulsados.
Se suprime el Consejo Supremo de Justicia Militar, a cambio se dedicó una Sala del Tribunal Supremo a hacer esas funciones. Se anuló la Ley de Jurisdicciones y se planteó un Consorcio de industrias militares.
Suprimió la Academia Militar y a cambio todo oficial debía cursar un año en universidades. Esta medida recibió un gran rechazo. El sistema de ascensos no se haría mediante méritos de guerra, lo que levantó muchas protestas fundamentalmente de los militares africanistas.
Emilio Mola decía “de esta manera los que no van a la guerra o los que yendo ocupan un lugar donde no silban las balas, están de enhorabuena”.
Debemos recordar que a Emilio Mola se le propuso que abandonara el ejército y que el general Domingo Batet le defendió para que siguiera como militar, cosa que se consiguió. Hay que recordar que Emilio Mola le dio su palabra de honor de que no estaba con los futuros rebeldes y lo hizo el día diecisiete de julio en el monasterio de Irache en Navarra. Sin embargo, un día después, el 18 de julio del año 1936, encabezaba la sublevación contra la Republica.
Viene bien recordar la orden que dio el 19 de julio de 1936 “Hay que sembrar el terror..., hay que dejar sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros”.
El servicio militar tendría una duración proporcionada a la preparación del recluta, esto venía a favorecer a las clases pudientes e incluso se mantuvo el sistema de cuotas.
Azaña decía que había sido el primer gobernante que había reducido el gasto militar e incluso los efectivos del ejército y lo había conseguido en muy poco tiempo.
Consideraba imprescindible que el poder militar se sometiera al poder civil y decía “Se puede gobernar y se gobierna sin consultar a los generales y sin hacer plebiscitos entre los oficiales de las armas, cosa nunca vista desde Fernando VII”.
Esta reforma militar hecha por Manuel Azaña es respetada cuando llega al poder la derecha de Gil Robles que apenas hizo rectificaciones, lo que nos viene a confirmar que el balance general de dicha ley militar tuvo un juicio político en todos los ámbitos.
Manuel Azaña era consciente de lo poco que había conseguido hacer en el ejército con su reforma. Las deficiencias materiales que tenía el ejército no pudieron ser resueltas, pues no había cañones, ni fusiles, ni munición y que la aviación era un cuerpo militar casi inexistente.
Emilio Mola cuando se refiere el ejército lo define como “francamente angustioso”. Cuando estalla la guerra civil ambos mandos deben recurrir a países extranjeros para conseguir armas para poder combatir.
La derecha española habla de la reforma del ejército como de su trituración y este término era utilizado como propaganda política
La derecha española habla de la reforma del ejército como de su trituración y este término era utilizado como propaganda política. Sin embargo, el propio Emilio Mola alabó la Ley de Retiro y decía:
“Parte de la labor anárquica y de indisciplina que dentro del Ejército se ha hecho… de haber encumbrado a individuos cuya vida se desliza sorteando los artículos del Código de Justicia…. Y de la parcialidad y el favor que han imperado en la elección de ciertos cargos y destinos”.
Para el escritor Salvador de Madariaga alaba esta reforma militar diciendo “que asistía plena razón a Azaña en su propósito, pero no estuvo tan acertado en cuanto a la manera de realizarlo”.
Podemos decir, que mayoritariamente se valoraba positivamente dicha reforma militar y este prestigio hizo que Manuel Azaña fuera elegido presidente de la II República el quince de diciembre del año 1931 y duró su presidencia hasta el doce de junio del año 1933.
Durante casi dos años Manuel Azaña estuvo al frente de un gobierno de centro–izquierda formado por republicanos, incluida la Esquerra catalana y los socialistas. A este periodo se le conoce por su labor reformista.
Durante casi dos años Manuel Azaña estuvo al frente de un gobierno de centro–izquierda formado por republicanos
Para el historiador norteamericano Gabriel Jackson pocos gobiernos en tan poco espacio temporal plantearon tal nivel de reformas y define este gobierno como “una oportunidad única para aquellas fuerzas que querían una solución democrática reformista y laica de los múltiples problemas españoles”.
Manuel Azaña afirmaba que “no quería la paz de los espíritus y se mostraba encantado de que la República tenga enemigos, porque la República no aspira a la unanimidad, humanamente imposible, psicológicamente sería un fastidio, políticamente sería el estancamiento”.
Para algunos dirigentes de la izquierda republican durante esta etapa de la II República preferían definirse más como revolucionarios que como demócratas. Álvaro de Albornoz decía que “no participaba, en modo alguno, de las ideas liberales y democráticas del siglo XIX”.
Para Azaña y los grupos políticos que representaba el objetivo era hacer desaparecer los privilegios de los sectores sociales hasta entonces preeminentes, es decir, la nobleza, el clero y el ejército.
José Ortega y Gasset cuando analiza este primer periodo republicano dice “que resulta inaceptable el albedrío de la autoridades inferiores, la política de agresión desde las alturas del Ministerio, la incompetente ligereza en la facultad de decretar u el persiste propósito de ahuyentar de la República a buena parte de los españoles”.











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