jueves, 31 de mayo de 2012

Prólogo de Manuel Parra Pozuelo a mi libro "Encuentros en el IV Centenario" (2004)


Prólogo
En el pórtico del Cuarto Centenario


Dentro de unos meses, en los días finales de 2004 y los primeros de 2005, habrán transcurrido cuatrocientos años, cuatro siglos, desde que los lectores de Valladolid y Madrid tuvieron a su disposición los primeros ejemplares de la primera tirada de Don Quijote de la Mancha, que acababa de salir de las planchas de la imprenta de Juan de la Cuesta con el texto de la inmortal novela, el periodo de tiempo es muy largo si lo comparamos con nuestra individual existencia y muy corto si el término de la comparación fuese la historia de nuestra especie, en cualquier caso, millones de ediciones, infinitos artículos críticos e ilustraciones suficientes para llenar una gran cantidad de museos, todo un mundo de imágenes y palabras han surgido en esos cuatrocientos años alrededor de aquellas páginas excelsas.

¿Cuál es su secreto? ¿Por qué aquel privilegio para imprimir y vender El Quijote que Cervantes otorgó a Francisco de Robles ha tenido vida tan prolífica y proliferación tan exponencial? A resolver las anteriores incógnitas se han dedicado cascadas de palabras y elaboradísimos discursos, y, sin duda, todos ellos serán, en alguna medida, válidos y plausibles caminos que nos permitirán aproximarnos a la inmortal novela y hacer que su lectura sea más satisfactoria, pero quiero decir, porque hoy estoy seguro de la veracidad de mis palabras, que la única interpretación aceptable de esta maravillosa fábula es aquella que entendiéndola como resultado de la dolorosa experiencia del vivir la valore y juzgue desde el recuerdo de lo vivido, del propio transcurrir humano, siempre más lleno de dolor que de gozo.

A mi entender, es la huella de lo verdaderamente vivido y sentido lo que hace verosímil el relato que mágicamente llena de auténtica vida los arquetipos literarios, por eso en la mente de Cervantes los pícaros y los caballeros, las mozas del partido, las pastoras y las duquesas han dejado de ser arquetipos huecos y vacíos y son seres tan próximos y humanos que los lectores y lectoras se ven en ellos reflejados, y sus avatares son tan sencillos o sublimes como los suyos.

Avispados y conspicuos escritores ya se están apresurando a presentar sus perspectivas como las únicas desde las que puede contemplarse o interpretarse el relato, una lamentable constatación de la veracidad de nuestro aserto nos la ofrece un extenso artículo de un dilecto y afamado plumífero aparecido hace unos días en el que se señala a Don Quijote como prototipo de liberales antiguos y modernos, y ciertamente en las páginas de El ingenioso hidalgo pueden leerse justas y merecidas alabanzas a la libertad humana, cuando Don Quijote libera a la cuerda de presos que se dirigían a las galeras, pero del mismo modo podemos encontrar ejemplos de exaltación de la mujer, en la bellísima figura de la pastora Marcela, cuyo desdén provoca la muerte de su enamorado Grisostomo, o sinceros y apropiados discursos encaminados al restablecimiento de la justicia ante los humillantes e injustificados castigos que Juan Haldudo, el rico de Quintanar, infligía al pastor Andrés, porque lo que es evidente es que el explícito objetivo del caballero andante no es otro que deshacer todo género de agravios y sinrazones, ofreciendo siempre su brazo a los flacos y menesterosos.

No parece lícito, ni justo, ni aceptable considerar parcialmente el mensaje de El Quijote, por el contrario, debemos reconocer explícita y gozosamente que todo lo noble y lo humanamente defendible lo ha sido y lo será siempre por el andante caballero y que es esa universal disposición la que lo hace asumible por todos los hombres y mujeres. Los intentos de capitalizar su mensaje, restringiéndolo a algunos valores que si son definitorios de la humanidad nunca pueden ser esgrimidos frente a otros que también la caracterizan.

Solo una lectura integral, totalizadora y llena de emoción que conduzca a un contenido suspiro en el que se lamente la melancolía que se infiere de la realidad, cuando tan acertadamente se refleja en los libros puede ser el merecido homenaje a Don Quijote de la Mancha, tal como lo es la generosa y docta publicación de Ramón Fernández Palmeral, ejemplo de devota y continuada dedicación al cervantino saber, para la que he escrito las líneas precedentes como prólogo o presentación de un texto que a sí mismo suficiente y explícitamente se valora.

Alicante, Septiembre 2004
Manuel Parra Pozuelo



VER el libro: Encuentros en el IV Centenario de El Quijote, por Ramón Ferández Palmeral