sábado, 21 de septiembre de 2019

El arte de hablar en público, por Ramón Palmeral en "El Monárquico"



Elmonarquico2015

EL ARTE DE HABLAR EN PÚBLICO, por Ramón Palmeral

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Floresinvictas7
Gran demanda es el de ser buen orador o hablar en público. Ello se debe sin duda a la necesidad que tenemos las personas de comunicar mensajes y conceptos, algunos complejos, o en grupo de amigos para expresar nuestras ideas o dirigirnos a ellos para homenajear a alguien. Hablar en público puede ser, para algunas personas, una verdadera tortura, una pesadilla. Pero todo esto tiene su enmienda y tratamiento. A todos nos aterra hablar en público, porque tememos quedar en ridículo, lo cual es una evidente angustia por el hecho de adelantar el temor, a veces ficticio que nos acude como un complejo. Algunos crío hablan sin parar porque no tienen miedo a que nadie les reprenda, es  la base educativa moderna: no reprender al niño hablador. Pero esto, por lo general, no es así, mandamos callar constantemente a los críos para que no nos molesten, y a la vez estamos creando a un potencial tímido e incluso hasta un tartamudo. Los críos deben hablar todo lo que les parezca, y encima ensalzarlos, es el caso de los niños cantantes prodigios, se les aliente y anima a que canten en público, otros no serían capas porque están aterrados (sus padres lo han aterrado), porque nosotros los hemos atemorizados por imponerles una disciplina autoritaria basada en la obediencia.
    Habéis de saber que hablar en público no es innato en el hombre ni en las mujeres, es una asignatura que se aprende como se aprende Gramática o Matemáticas.  El don natural de la oratoria lo tiene pocos.  A los vendedores y a los políticos les imparten cursos de Oratoria. Tenéis ante vosotros a un viejo-joven que fue  un crío atemorizado desde la infancia, que no podía hablar en casa, en el colegio, ni en ninguna parte pública, únicamente entre amigos. Y que salió un gran tímido.  Pero a partir de los cuarenta años me impuse el deber de poder hablar en público con fluidez, con gracia y con armonía. Es decir, a aprender a ser un orador como lo hiciera Demóstenes en su Filípicas contra Filipo de Macedonia en el senado, porque Demóstenes además era tartamudo.
    Los mejores políticos aprenden a hablar en público con una asignatura que se llama Retórica. Ir a la Universidad no es suficiente para hablar bien y que se te entienda. Porque la palabra es el instrumento del pensamiento. En cuanto hablamos ya estamos denunciando nuestra posición social. Todas las personas que se dedican a la política hacen cursos para aprender a hablar y comunicar, con arreglo a las tres Ces fundamentales: Comunicar, Convencer y Conmover, e incluso se puede agregar Emocionar con argumentos. El presidente Obama de los EE.UU., es un claro ejemplo de los que dieron uno de estos cursos, lo hace tan bien que no es espontáneo, sino adquirido, por ejemplo, usa una de las reglas: Hablar lento y con aplomo, girando la cabeza de izquierda a derecha, para que todos los espectadores reciban su dosis de mirada del orador. Y, a lo mejor, como dicen los libros de oratoria, no mirar a los ojos, sino a un palmo por encima de las cabezas. Por lo tanto, esta cualidad es una más de tus zonas de éxito que debes trabajar.
     Lo que un orador ha de practicar es la concentración mientras habla, y pensar que el auditorio está vacío, y que estás hablando solo ante el espejo. ¿Y cómo se consigue esto? Practicando. Para superar las fobias la única receta eficaz, es la de exponerte al objeto desagradable, lo que se llama «exposición gradual a lo temido».  Por ello uno de los ejercicios que se recomiendan es escribir lo que se va a decir, y leerlo delante de un espejo, y corregirte. A nadie aconsejaría que se pusiera a hablar en público o dar una conferencia, sin haberla escrito primero y estudiada y hacer esquemas, reduciendo el texto hasta memorizar los esquemas. Hay que aprende a argumentar (sin argumentar no se puede convencer).  Porque el orador, en el momento que está en el atril o en el estrado o en la cámara de diputados, es quien tiene la palabra, y nadie sabe qué esquemas guarda su cabeza. Otro asunto diferente son los comunicados institucionales, discursos académicos o científicos, que se deben leer pues una palabra equivocada  puede provocar conflictos o errores insalvables.
     No es que yo tenga buena memoria cuando doy una conferencia, es que me la he aprendido y la tengo en la cabeza, no improviso, sé de lo que hablo. Una de las prácticas de quien pretende ser orador  es aprenderse poemas de memoria, y recitarlos en público, esto se llama ser rapsoda. Ensaya y reconocerás tu errores, y lo que hacía yo al principio era grabarme y luego oírme. Conozco a algunos/as, y  me dicen lo mismo: «Hasta que suelto el primer verso estoy nervioso». Todos los poetas nos ponemos nerviosos, pero cuando se llevan años recitando en público se convierte en una droga. Y estás deseando que llegue el próximo recital para salir a por todas.  Cuando uno se equivoca ante un auditorio lo más conveniente es aceptarlo inmediatamente y rectificar. Por consiguiente, el enfrentamiento con el público es un error grave, puesto que tendrás en contra a todo el auditorio.
     Tú también puedes ser un gran orador, si entrenas, para adquirir habilidad y le echas valor, nadie se va a reír de ti, peor lo tengo yo que, tengo acento andaluz, no vocalizo muy bien y encima estoy cojo y me tengo que sentar, o si me quedo de pie, me tengo que apoyar el muslo del pie en una mesa.  Nuestra palabra es nuestra tarjeta de presentación.     Existen ciertos secretos en el arte de hablar que cada cual aprende. Hace unos días tuve que presentar la exposición de una pareja de amigos, que los dos son pintores, Juana López y Fran Gallego. Como me lo dijeron con un mes de antelación me dio tiempo a pensar en ideas varias, como la de inventar un nombre para una matrimonio de pintores y me vino a la cabeza «cónyuge-pintores». De aquí nació la primera chispa del discurso, y tuve tiempo de meditar y darle vueltas a la cabeza. Hice la presentación con micrófono en mano sobre unas ideas mentales, en plan orador y como tenía confianza en mí mismo, la gente salió muy contenta porque no les aburrí. Hice el discurso del espontáneo que se tira al ruedo a capotear al toro, a un ruedo de amigos, no a un ruedo de académicos.
     Al día siguiente, con el discurso fresco en mi mente, escribí dos páginas y media. Hice lo que se llama un discurso inverso: primero hablas y luego escribes. Este sistema no lo recomiendo a no iniciados en la oratoria. Porque lo lógico, según los textos, para enseñar a los oradores, es prepararlo, hacer un esquema y memorizarlo.
      El único sistema que conozco para no bloquearte, ni quedarte en blanco es practicar ante el espejo, y luego dar muchos discursos en público, todos lo que te ofrezcan, para perder el miedo. Exponerte al público en algún recital como rapsoda, es la única regla que existe para superar los temores que uno pudiera tener al hablar en público si no eres muy ducho en las artes de la oratoria y la argumentación. Ten la seguridad que cuando te pongas a hablar en público, en un auditorio, nadie te va a interrumpir ni te va a tirar tomates.
Firmado: Ramón Palmeral autor de Tus zonas de éxito para El Monárquico

domingo, 15 de septiembre de 2019

"No hace falta vender el Ferrari", por Ramón Palmera en "El Monárquico"



Elmonarquico2015

NO HACE FALTA VENDER EL FERRARI. Por Ramón Palmeral

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Ilustracion 6
Yo también me leí el libro de El monje, que vendió su Ferrari (Una fábula espiritual) de Robin Sharman, el libro está muy bien, y que nada tiene que ver con un monje, sino con un abogado llamado Julián Mantel, norteamericano licenciado en la Universidad de  Harvard, que tras tener un infarto, se lo piensa mejor, vende todas sus propiedades incluido el Ferrari y marcha en un viaje espiritual a la India en busca de su iluminación. En el Himalaya conoce  conoció a los Sabios de Sivana en una remota comunidad, es  la ciudad ficticia de Shangri-La descrita en la novela de James Hilton, Horizontes perdidos.
     Todo este entramado del personaje de Julián no es más que un artificio o fábula literaria para introducirnos en el mundo budista de los sabios de Sivana. Bien, el viaje al Himalaya es bastante infantil, el personaje aparece de pronto en Cachemira y se encuentra al yogui Krishnan, que se ve que hablada inglés y no tenía nada que hacer, y le acompaña  al Himalaya, sin sherpas que le guíen, ni lleva un equipaje adecuado para el frío del Himalaya, ni nos dice la época del año que fue. El mal de altura es casi inmediato cuando no se ha hecho un periodo de aclimatación en una estación intermedia por la falta de oxígeno. Cuando llega a la hipotética y ficticia  ciudad de Sivana,  Julián, que no sabe nepalí, entiende los consejos de los sabios.  Creo que un monje budista lo único que sabe es rezar.
     Yo os digo, que no hace falta vender todas tus pertenencias y marchar al Nepal para aprender lo que cualquier abuelete de la Axarquía malagueña te puede responder a tus preguntas. Allí, en una tierra dura, forjada en la agricultura heroica de la vid y el olivo, y la pesca con la jábega, se han hecho sabios estoicos. Y te dirá: «La vida está mal pero para sobrevivir te tienes que adaptar a los que hay».
     Es muy importante vivir en el presente, las aventuras están bien cuando eres joven, y es conveniente viajar e incluso trabajar en el extranjero para aprender idiomas y ver cómo se desarrolla la vida laboral en otras partes, o cómo viven ellos en relación a nosotros, pues no siempre las cosas son como las pintan, sino que hay que vivirlas, porque nadie aprende en cabeza ajena. Pero es que lo peor de todo es el inmovilismo, el quedarte en casa paralizado como si todo se fuera a solucionar solo, por su propio peso caerán las oportunidades, y esto no es así, hay que moverse y probar, siempre hay tiempo para retornar al origen. Y debes tener en cuenta amigo lector/a que todo lo que hagas te será mirado con lupa, todo te será criticado, pero hay que pasar, porque si uno no deja de hacer las cosas que te gustan por temor a la crítica de los demás, nunca jamás haríamos nada. Si Don Quijote hubiera hecho caso a su sobrina nunca hubiera salido de aventuras. Y la aventura en todos los ámbitos de la vida y del hombre: arte, literatura, viajes, pintura, nuevas amistades… etc., siempre tiene sus compensaciones, porque a esto se le llama vivir la vida que nos han regalado y para dejar huella de nuestro paso por el mundo.
    Nada se aprende tan fuertemente como la geometría puntiaguda de las lanzas de las propias batallas de la experiencia. Los libros y la clases son necesarias para obtener un título, y si puede ser universitario mejor que mejor, porque la mano de obra la puede hacer cualquiera. Lo importante es la especialización, ser especialista en algo, aunque sea en fabricar botijos.
    Las fabulas espirituales como la del Monje que vendió su Ferrari, no está mal leerlas, saber no ocupa lugar, pero no te va a solucionar la vida. La fábula de Robin Sharman se basa en las experiencias de la escritora y teosofa rusa Helena Blavatsky, que en 1885 estuvo en el Tibet, conoció a Ralput, mahatma o maestro, es autora de Isis sin velo, de 1877, sobre ciencias ocultas y esoterismo. Está bien leer libros teóricos pero luego hay que salir fuera a poner en prácticas nuestros conocimientos adquiridos: No hay práctica sin teoría ni teoría sin prácticas.
    Porque la realidad de la vida está llena de trampas, te lo dice un hombre que pasa de los setenta años, un jubilado que goza de su jubileo. El mundo que nos rodea está lleno de falsedades y medias verdades, todo es pura apariencias, la gente quiere con el que tiene no con la mendiga que pide en el sótano de un parking. Aunque uno es desconfiado por los años del vivir en ciudades industriales, también es cierto que de vez en cuando te encuentras a gente buena, a personas puras e inocente de corazón limpio y transparente. Son las menos abundantes, pero te aseguro que existen como hadas. Otras son  las que te ponen palos como traviesas para que caigas. Hay que nadar y a la vez guardar la ropa, y tener una mano en la cartera y otra en la navaja.
     Una de tus grandes zonas de éxito que podemos poseer, es la de estar muy preparados, tener idiomas, estar al día en los asuntos de empleo, ser responsable y tener ganas, muchas ganas, que se desborden las ganas. A mí me gusta mucho estar junto a optimistas, a los pesimistas le rehúyo. Cuando tú dices, hoy me siento muy bien, le estás mandando a tu cerebro mensajes subliminales positivos a tus zonas de éxito. Si te equivocas busca siempre otro camino, otra alternativa, el mayor poder eres tú mismo, tú confianza en ti mismo, porque tienes en la cabeza un superordenador biológico que pesa 1.5 kilos de células, neuronas y otras estructura. Estas células transmiten las señales a través de hasta 1.000 billones (1015) de conexiones sinápticas. Los seres humanos somos únicos.
      No estoy de acuerdo en vender en Ferrari para hacer un viaje espiritual, porque los desiertos espirituales y los paraísos tienen su asiento en nosotros mismos.

Firmado: Ramón Palmeral es autor de Tus zonas de éxito, para El Monárquico
15-09-2019