martes, 23 de octubre de 2018

Novela en ambiente histórico del siglo XVI. "El rey de los moriscos" e-book de Ramón Fernández Palmeral





 

 Ahora en e-book
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 Sinopsis:

Novela histórica de ficción, ambientada en las guerras civiles de Granada de 1568-1570. Pero además el autor nos revela la existencia de un biznieto del sultán Boabdil, cristiano nuevo o morisco Diego de Oriola, nacido en Frixiliana en 1530, que tras una serie de peripecias como estudiante e Granada, comerciante de seda, pretende por su linaje competir con Aben Humeya en Las Alpujarras. Acabará en galeras en la batalla de Lepanto, preso por la Inquisición de Sevilla desde donde escribe sus memorias.
Bajo el recurso del manuscrito encontrado el narrador en primera persona, nos introducirá en el siglo XVI español, lleno de picaros, tahúres, moriscos, cristianos viejos, tercios viejos, clérigos que solamente buscan embargar bienes a los judaizantes, luteranos y mahometanos. Con el "Rey de los moriscos", Ramón Fernández Palmeral nos muestra sus amplios conocimientos de la Historia del S.XVI, cuya erudición la pone en boca de un personaje morisco inolvidable. Es una narración, ágil, amena y educativa.

domingo, 21 de octubre de 2018

Visita a la Casa-Museo de Gabriel Miró en Polop. Ramón Fernández Palmeral

El domingo 21 de octubre de 2018 giré visita inprescindible para  documentar y complementar mi próximo libro, que se titulará "Bucando a Gabreil Miró en Años y leguas".
Reportaje fotografíco en la casa-museo de Gabriel Miró en Polop de la Marina
Ramón Fernández Palmeral y familia:













Polop de la Marina
Monte Ponoch


Una visita que merece la pena.
Me gustó mucho.

 Catálogo de la casa-museo

Video de la visita

sábado, 20 de octubre de 2018

Un viaje por la Marina Baja. Polop



          Un  viaje por la Marina Baja

Por Ramón Fernández Palmeral

    Salimos mi mujer Julia Hidalgo y yo desde Alicante dirección Benidorm para alojarnos en el Hotel Bali, sobre las 7  de la tarde  del día 20 de junio del 2008, por la autovía A-7 dirección Valencia. Donde  pasaríamos concretamente cinco noches. Habíamos preparado un viaje para exiliarnos en Benidorm durante la semana de las fiestas de Fogueras u Hogueras de San Juan en Alicante, porque era imposible dormir, nosotros respetamos las tradiciones de las barracas,  la música hasta la madrugada, el fuego de las hogueras en medio de las plazas, las “mascletás” y los cohetes a los pies de la gente;  pero yo tengo “fobiafuego” y no lo soporto, quizá en mi subconsciente aún perdura el trauma de aquella vez que me quemé todo el cuerpo con leche hirviendo, pero esto no debería justificar mi “foboinfierno” a las Hogueras de San Juan, que me parece muy bien para los ingresos  económicos de la ciudad, aunque le rompa el ritmo y la paralice para que se diviertan unos miles de barraquers.
     Aunque estamos afincados en Alicante y pensamos vivir aquí por muchos años, pero según los foguerers y barraquers no tenemos derecho a opinar ni a proponer que las fiestas patronales salgan de la ciudad, a una explanada o ejido como ha hecho ya en otras ciudades importantes: Sevilla o Málaga. Que mientras unos miles se divierten el resto de cientos de miles puedan trabajar, pero aquí no, porque la diversión es obligatoria incluso para enfermos, niños y ancianos. Quizás me esté haciendo viejo, y esto es como una enfermedad contagiosa, los años impertinentes que nos precipitan hacia el fin...

     Al amanecer del día siguiente entra el sol en la habitación del piso 14 del Hotel Bali, todo el azul del mar entra como un caballo desbocado por el balcón, al abrir las cortinas se ve la isla de Benidorm, los rascacielos aparecen como vigilantes de batas blancas. Por San Juan empieza a hace calor, nos espera la sierra de la Marina.
     Al salir de La Nucía, uno se tiene que parar al borde de la carretera ante la vista del Ponoch y  Polop, y sacar la cámara. La carretera pasa por Polop, pasado un puente sobre un hondo riachuelo, entras irremediablemente en el pueblo, donde te ensordecen los cientos de caños de la fuentes de los doscientos y pico chorros. Aparcar donde se pueda, bajarse del coche y caminar, para sacar fotos al busto de Gabriel Miró y a los azulejos con una frase: "Agua de pueblo, de este pueblo, que Sigüenza bebió hace veinte años. Tiene un dulzor de dejo amargo, pero de verdad química, que todavía es más verdad lírica. Bebiéndola se le aparece en la lengua el mismo sabor preciso del agua y de su sed de entonces". (Gabriel Miró. Años y leguas).

     Uno tiene la obligación de preguntar por la "Casa de Sigüenza, la casa o “casalicio” como escribe Miró y nos encontraremos, como es de esperar,  a dos hombres del pueblo que nos dirán con amargura en la boca que la casa del escritor ya no existe, que se vendió y construyó en el lugar un bloque vivienda, y uno siente la rabia de la incultura. ¿Cómo es posible que pasen estas cosas?  Luego subimos desilusionados andando dirección a la iglesia de San Pedro Apóstol, bajo altos adarves, pasamos por la calle de Benjamín Palencia porque aquí residió el ilustre pintor manchego de la Escuela de Vallecas, y autor entre otras muchas obras, que yo recuerde  un dibujo a Miguel Hernández tocando una armónica para ilustrar un silbo quizás vulnerado que no se llegó a publicarse sobre 1934.
     Uno se encuentra con la calle Oscar Esplá, amigo de Miró que también estuvo pisando estas calles de pueblo. Agarrado al pasamanos del Vía Crucis, subimos a un cerro donde se sitúa el cementerio que sirvió de escenario para la tétrico relato de "Huerto de Cruces", relato premiado con el premio Mariano Cavia de 1925, e incluido más tarde en Años y Leguas, a mí particularmente, no me gusta, pienso que sus amistades madrileños debieron plomar el platillo de su balanza. Cuenta la historia del entierro del pobre Manihuel, y es que la muerte ronda todos los libros de Miró, como si fuera una premonición de su temprana muerte el 27 de mayo de 1930, por una apendicitis, tenía usted 49 años.
     La novela Las cerezas del cementerio 1910, sitúa el relato en Posuna. La serie de televisión de 2004, se rodó en las tapias del cementerio de Polop de la Marina, pero nada tiene que ver la novela con Polop porque Miró y su familia llegaron a Polop en mayo de 1921, once años después de la primera publicación. Tras la recaída de la enfermedad  de su hija Clemencia, residiendo en Madrid.
     Informados por una mujer entrada en la edad de la menopausia, que camina con una pesada cesta de la compra, nos anuncia que el camino del cementerio está frente a la iglesia, subiendo por un empedrado camino del Calvario. Se halla escoltado por pinos, y hornacinas de un vía crucis, con imágenes en azulejos de la Pasión del Señor que son idénticas a las que hay en plaza de La Romana.
     El camino del cementerio nos eleva a una vista generosa, la torre de la iglesia con su campanario callado se interpone ante el monte de Ponoch: “…bajo el monte Ponoch, en cuyos hombros rueda el sol viejo» (p.167). Y aquí estamos otra vez con el libro abierto y nervioso leemos: "Sigüenza principia la cuesta del cementerio escombrada de muladares» (p.159), Y mi mujer y yo le seguimos.
     Nervioso porque tengo la satisfacción de ver lo leído en Años y leguas del admirado maestro Gabriel Miró. Y nos parece ver a Gasparo Torralba con "el cráneo calzado de pelo duro", que es el enterrador de Polop que tiene la llave del cementerio. Tocan a muerto pero no hay muerto, solo es el aniversario de un novicio que murió aquí el año pasado.

  














Ramón F. Palmeral subiendo al cementerio de Polop de la Marina. Junio de 2008
 

 

        Sosegados por un asiento de madera, uno puede ver los tejados de las casas, una ya con el tejado desvencijado, tejas que son ya escombros, y a los lejos La Nucía luciendo blancura en un cubo de arquitectura moderna. En frente el Ponoch. Verdean en lo hondo del valle los bancales ya abandonados, ya cubiertos de hierbas, sin vinar, pero lo más asombroso es que aún pervive un grupo de pitas, ¿serán las mismas pitas de la que habla Miró cuando escribe: "Las piteras están en flor, tortas de flor amarilla y apretadas como girasoles" (p.203). A otro lado la sierra de Bernia "galeón volcado" (p.160), entre grises de dormidos perfumes y violetas...
 Para finaliza este texto, hecho mano al libro Los moriscos españoles su conversión y expulsión del historiador estadounidense Henry Charles Lea, edición del Instituto de Cultura Juan Gil Albert de Alicante, 1990, pág, 120, donde se cuenta  la masacre de los moriscos de Polop:

    "Le sucedió en el mando Vicente Peris, quien el 25 de julio 1521 obtuvo la decisiva victoria de Gandía, dejando el territorio circundante a merced de los agermanados; partidas incontroladas se abatieron de inmediato sobre la comarca, saqueándola y obligando a los moros a recibir el bautismo. El propio Peris [capitán general del ejército agermanado, durante de la revuelta de las Germanías en el Reino de Valencia], puso sitio al castillo de Polop, en el que un considerable número de cristianos y alrededor de unos 800 moros habían buscado refugio. Tras un bombardeo que duró cuatro días el castillo se rindió, pagando un rescate y aviniéndose los moros al bautismo a cambio de que se les garantizaran vidas y haciendas. Fueron agrupados en la barbacana del castillo y en esto corrió la voz de que los moros de Chirles acudían a rescatarlos. Al grito de "¡Matadlos!" fueron todos pasados por las armas, arrebatándose un abundante botín a los cadáveres. En septiembre volvió París a Valencia con la misión de bloquear las negociaciones entonces en curso para alcanzar un acuerdo. Estando allí organizó una asamblea en la que se acordó declarar una guerra de exterminio; un artículo de tal declaración exigía el bautismo de todos los moros, de forma que pagaron impuestos superiores a los que debían hacer efectivos los cristianos viejos".



Libro de Henry Charles Lea. Los moriscos españoles su conversión y expulsión

Estudio preliminar y notas de Rafael beníter Sánchez-Blancoa

Publicado por el Institurto de Cultura Juan Gil-Albert
Alicante 1990

El original en ingles es de 1901, por Lea Brothers, B.Quartich.

 EL libro que presentamos es un clásico desconocido. Podrá parecer contradictorio pero realmente nos encontramos ante la obra en la que culmina la historiografía del siglo XIX sobre los moriscos, cuya existencia es ampliamente conocida, pero cuya difusión y aprovechamiento han sido mínimos. En ella se sintetiza medio siglo de localización, publicación y empleo de fuentes, de fijación de temas y estructuración del relato y de polémica interpretativa. Y si en los dos primeros aspectos —organización del relato y fuentes de información^— Henry Lea debe mucho a los autores españoles, su interpretación general de la tragedia morisca pretende ser abiertamente polémica con la de aquellos.

El propio autor nos indica en el prefacio, no sin cierta arrogancia, que está en condiciones de completar las aportaciones de los historiadores españoles resaltando lo que a éstos les ha pasado inconscientemente casi desapercibido y que, en su opinión, es fundamental. Esta afirmación, realizada por alguien que comenzó a dedicarse a la historia —ya entrado en años— como distracción en sus ratos libres, que no se formó en ningún colegio ni universidad, que no visitó nunca España, ni prácticamente Europa, ni pisó sus archivos ni bibliotecas, nos obliga a preguntarnos qué es lo que llevó a un ocupado, acomodado e influyente editor de Filadelfia a preocuparse de España y de sus moriscos. Conocer la trayectoria vital e intelectual de Henry Charles Lea me parece necesario para la plena comprensión de sus moriscos, pero también analizar cuál era la visión que la historiografía española tenía sobre el tema para valorar la aportación del norteamericano.

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Ramón Fernández Palmeral es autor de "El rey de los moriscos" de venta en Amazon

viernes, 19 de octubre de 2018

Una visita a Confrides (Alicante) por Ramón Fernández Palmeral



  El domingo 7 de agosto de 2011  me levanté temprano con una temperatura  exterior de 28.7 grados, en el reloj digital  aparecían los dígitos 7.07 AM, fui a la terraza, encendí el ordenador leí los “emilios” casi todos eran spam, ninguna amistad se había dignado a escribirme.  Así que apagué el ordenador enfurecido y me puse a leer uno de mis libros favoritos que tengo entre manos Años y leguas, un libro que el prosista alicantinos Gabriel Miró Ferrer, había publicado en 1928, donde cuenta las andanzas de Sigüenza, su alter ego su otro yo literario, personaje que usa el alicantino para escribir en tercera persona y no en primera, quizás por pudor para no parecer narcisista y hablar sobre sí mismo. 
   Años y Leguas es la más alta cumbre de la prosa mironiana, donde combina la descripción de paisajes, estampas, prosa poética, el artículo, el cuento, los recuerdos, la anécdota y la historia de una zona concreta: “La Marina de Alicante”. Es una obra narrativa más que novela en la línea de La Voluntad de Azorín, donde pasan las páginas y no pasa nada, porque no hay argumentos. Años y leguas es una colección de artículos publicados ya en prensa. Nos dice que está en la Marina, sin concretar pueblo, lo que hizo Cervantes con su Quijote, implicar a toda La Mancha, haciendo que el caballero de la Triste Figura cabalgara junto a Sancho por multitud de  pueblos, aldeas y ventas, cuantas más mejor.
   Hecha esta necesaria introducción, Años y Leguas se me abrió al azar por el final, por la página 186, de la edición Biblioteca Básica Salvat, 1979 [p.387 de este libro] y leo:
“Confrides, tallado en limpidez de invierno de los últimos recintos de la sierra. Su torre, como un ademán de persuasión para contener el ímpetu de la ruta de la mar. Desde Confrides ya no se ve el mar”.

   Empecé a pensar que era muy genérica la descripción sobre  el pueblo de Confrides (Alicante). Desde luego que no se ve el mar, el mar queda  a más de 50 kilómetros. Nombra también otra aldea L´Abdet,  a dos kilómetros de Confrides, de la que solo dice que es una “panal en el corte de la quebrada”.  Busqué más referencias sobre Confrides, me parece otra en la página 189 [p. 380 de este libro]:
 “Más cuesta arriba, quietud y silencio de Aitana en Sigüenza. Años y leguas  en una contemplación estructurada, denominada y comprendida desde la última piedra del cabo Toix, que se comba en el mar, hasta la hoz de Confrides.

   Solamente cita seis veces a Confrides. Me viene a la memoria que en la segunda quince del mes de junio de 2008, hice un viaje por tierras de la Marina Alta, en coche con mi mujer,  que titulé «Por tierras de Gabriel Miró» donde agregué textos de otros autores. En aquel viaje  no subimos a Confrides.
   Ante estas dudas cambió mi espíritu lector por mi espíritu de viajero aventurero, y decidí subir a Confrides en mi coche para verlo, solo esta vez, sin mi mujer y escudera. Así que a eso de las 8.00 desayuné una tostada de aceite con ajos y un vaso de soja, después mastique una corteza de limón para disuadir  el clamoroso olor del ajo y no ahuyentar a mis interlocutores mecánicos: mi coche. Fuerte por dentro, le dije a mi mujer que me iba a recorrer los pueblos de Alicante y a hacer videos como documentos. Y por lo tanto, armado con mi cámara de fotos, tomé la autovía A-7 dirección Alcoy, llego un momento en que la autovía se cortó y empezaban obras, a la altura de la bifurcación con la antigua N-340 carretera que viene del puerto de La Carrasqueta y Jixona.  Se inician una serie de cerradas curvas como látigos enfadados hasta tomar la CV-70, que anuncia Benilloba y Benasau. Esta es la carretera comarcal dirección levante que hay que tomar para Confrides. No tiene arcén, pero tiene buen asfalto y está marcada en el centro con señales horizontales y en los extremos con quitamiedos que son dientes que cierran los precipicios del valle.

    Mi intención era no parar hasta Confrides, luego a la vuelta me pararía en Benasau y en Benilloba. Lo importante era llegar primero al destino, pues de lo contrario te entretienes en un lugar u otro, embrujado por el paisaje montañoso, y no llegas al final con tiempo suficiente. Sin embargo, al  subir las cuestas de los primeros kilómetros veía a lo lejos el valle montañoso del Alcoy, Muros de Alcoy y Cocentaina, amplio extenso,  unas medievales torres de vigilancia y ruinas de castillos árabes. Por la ventanilla entraba un olor potente de pinos, no era el ambientador de mi coche, era un olor a pino natural como sacado del bote de la madre Naturaleza. Y de repente vi la silueta altiva de una torre enjuta y orgullosa. Paré en un arcén, para sacar unas fotos.  El visor de mi cámara digital Sony se enturbiada por el paso veloz de unas motos, eran los moteros disanteros que subían por estas carreteras a toda pastilla. A bandera tendida, se decía antiguamente.
   Cuando avancé veía el cartel de situación que me anunciaba  Penella, tiene un castillo con una torre delicada y altísima, había andamios de restauración. Gran idea recuperar los castillos en ruina de nuestro Patrimonio. Seguí la carretera y me encontré con un grupo de ciclistas, eran de un equipo que se entrenaba. Porque si fuera una carrera ciclista, lo primero que te encuentras es un coche escoba con una bandera roja, que nos indica no adelantarles. Luego apareció el cartel de Benilloba que crece entre galvanizados a mi izquierda. Luego unos kilómetros más adelante el cartel de Benasau, que también se sitúan  en la misma posición que el anterior. Seguí, y me encontré la señal de Ares del Bosque, y las curvas empezaron a cerrarse, a ponerse cada vez más crudas, ya no sabía si estaba subiendo o bajando hasta llegar a un collado, desde donde se veía a mi izquierda paredes de rocas calcáreas desnudas, a la vista del mundo, altas como arbotantes de catedrales. Entre la pinada aparece alguna calvas y sembrados de plantas amarillas posiblemente girasoles o colza.

Cuando la carretera empezó a llanear te encuentras, al fin el cartel de Confrides (dos carteles), había hecho unos 80 kilómetros desde que salí de Alicante. Después de culminar las primeras casas descendí hasta llegar a una zona con arcén. A las 11 de mañana ya estaba en Confrides (CP 03517), que se sitúa a 785 metros de altitud. El paisaje me gustaba, ahora me hacía falta conquistarlo. La primera impresión me gustaba. A la izquierda tenemos la Fonda-Restaurante “El Pirineo”, famosa es este lugar. Aparqué saqué a la infantería, pues como dice la doctrina de la estrategia militar, ningún terreno se puede considerar conquistado hasta que no llega al Infantería.  Entré en “El Pirineo” para tomar una cerveza, tiene comedor y terraza con vistas al valle, no me extrañaba que le pusieran “El Pirineo”, porque  esto es el Pirineo más al sur que tenemos. La barra es pequeña, estaba llena de clientes, entre ellos dos deportistas vestidos de ciclistas.
Era domingo y en la subida de la calle San Antonio, los vendedores ambulantes habían instalado un pequeño mercadillo de ropas, frutas, verduras y plantas ornamentales. En el censo de 2010, le figuran a Confrides 276 habitantes. Hablan valenciano, pero no es problema porque también hablan castellano.  Subí armado con mi cámara compacta de fotos y de vídeo y mi trípode, por calle San Antoni empecé a grabar con el truco de auto-filmarse con el trípode extendido y también en posición de reposo sobre el hombro. El video se puede ver en You Tube Confrides Videospalmeral. Avancé hasta el final, y al escuchar unos toques de campana le pregunté a un lugareño por dónde estaba la iglesia, me dijo que subiendo por la calle Baix o Baja, y la encontraría a mi derecha.
Aparecían  abundantes plantas en las puertas de las casas. Tras pasar la pileta de una fuente pública que oculta la puerta de la Parroquia de San José, había misa a las once y media. Volveré para sacar unas fotos del interior del templo. Sobrepasada la iglesia se abría una plaza, y otra, en esta segunda se ubica el ayuntamiento, y en el centro se yergue un nogal centenario que como era agosto se encontraba verde, porque como sabéis es un  árbol de hoja caduca. 




Palmeral en Confrides agosto de 2011




 Desde una esquina, sin barandilla, me asomé al campo,  a los lejos observé la fortaleza de un castillo sobre una peña, pegunté y me dijo un entendido vecino, que era  el castillo de Aljofra o Alfofra  fue una alquería musulmana conquistada por Jaime I de Aragón en 1264.
 –Donó el castillo y población a Vidal de Sarrià. Sus posteriores propietarios serían la familia Sarrià, el infante Pedro y las familias Cardona y Ariza.   Durante la guerra con Castilla en el s. XIV fue conquistada por las tropas castellanas que la mantuvieron en su poder varios años hasta que Pedro IV la recuperó en 1364. Los habitantes de Aljofra en su mayoría musulmanes se opusieron a la orden de expulsión de los moriscos en 1609 y ofrecieron fuerte resistencia refugiándose en sus montañas.
    El vecino cicerone  me invita a pasar a su casa, metida en la roca, entre rocas en un talud de la montaña.
     Le pregunté cuál es el gentilicio de Confrides. Me respondió: confridencos.  O sea, como «podencos», le dije en broma.
    –Esta piedra está aquí en el comedor -me cuenta Abundio- porque costaba más quitarla que dejarla ahí. Y ahí está. ¿qué le parece?
    –Tan decorativa que nunca había visto piedra tan grande dentro de una casa.
     Al comentarle que yo era pintor, me comentó que en el pueblo vivían dos pintores Carrasco y Santiago. Le dije que a Carrasco sí le conocía pues hizo una exposición en la CAM en junio  2006.
      Le respondí que era muy original de alto diseño, que me recordaba una discoteca en Enix (Almería) que también  tenía una piedra parecida, muy decorativa. Me presentó a su mujer, que era de La Encina. Me enseñaron la casa, antigua pero nueva. La escalera era de hierro forjado barroco, en la mancera tenía una cabeza de dragón de madera. Me invitaron a una cerveza y charlamos sobre el disfrute de las cosas y el dinero. Abundio dijo:
  –Y es que el dinero son números nada más en la libreta de ahorro, lo importante son las cosas que podamos obtener del dinero, como esta casa impresionante, que rehabilitada conserva solería antigua, vigas de madera, muebles antiguos etc. 
   Yo pienso, ¿cómo es posible que aquí en Confrides exista una  maravilla con esta casa? Hablamos y hablamos hasta que llegó la hora de la misa, nos acercamos a la iglesia, he hice unas fotos de su interior. Es grande y se conserva muy limpia y luminosa.
     Salí de la casa de Abundio y su encantadora mujer, 
     Desde la plaza que llaman del Nogal o L´Noguer, tomé unas fotos. Había coches aparcados, era verano y  había turistas, que por lo que oigo son franceses. Ya nada queda virgen a la mirada de los turistas, ni este Confrides en el confín del mundo.
    Continué por la calle Mayor que está encajonada entre rocas de piedra vista como si fuera una fortaleza natural. Descendí. En todas los umbrales de las puertas había macetas de plantas, están exultantes, si en este mes de agosto están tan bien, cómo estarían en la primavera. Una mujer rubia, ya metida en los setenta, al verme sacar fotos, me pregunta si me gustan las plantas, le respondo afirmativamente.
  –Si quiera ver una planta rara vega a mi casa, que se la voy a enseñar una, vivo al lado en el número diez.
  –Desde luego que sí, eso hay que verlo.
   La puerta de la casa estaba abierta, aquí nadie cierra la puerta, para qué, si nadie roba nada. La puerta tiene una cortinilla corrida de cadenitas plateadas. Y en la entrada misma sobre una consola se mostraban retratos de su familia, un espejo, y en el suelo tres macetas, una de ellas muestras una flores de tipo campanillas, al preguntarle cómo le llaman me dice que “coral”.  Era una maceta de cerámica heredada de su madre. Sin duda estaba mimada. Le dije que las plantas tienen cerebros múltiples en las puntas de las raíces, según las últimas investigaciones. Por eso a las plantas hay que hablarles, porque ellas sientes la voz de su amo y el cariño que estos le dan en los pistilos.
 Era la hora de regresar a Alicante por la misma ruta de ida.

 Camino de vuelta pasé por Benasau, hice un corto video desde la torre hasta la iglesia que tiene el mismo tamaño que la de Confrides, pero Benasau ya no es lo  mismo que Confrides. Confrides me dejó emocionado,  para mí  es el pueblo más bello de los que  hasta ahora he visto de todos los de Alicante. Algún día Confrides tendrá un vecino empadronado más.

  Tras esta estampa o impresión que yo he percibido y escrito, me consta que Gabriel Miró nunca estuvo en Confrides. El padre D. Juan Miró que era del Alcoy fue ingeniero de Obras Públicas y que precisamente a primeros años de siglo XX diseñó la que es hoy la CV-70 de Callosa de Ensarriá a Alcoy.
Perdone que le diga, señor Miró, creo que usted no estuvo en Confrides. Lo cita por seis veces en Años y leguas, como cita a Agres y otras pueblos, pero no estuvo en todos ellos. Si hubiera estado en Confrides hubiera hecho reseña de gran nogal de la plaza de Ayuntamiento y del castillo de Aljofra o Alfofra, que se ve desde la misma  plaza, colgado sobre una  peña viva que domina la sierra de Aitana y todo el valle de Guadalest hasta el mar de Altea, a cuya comarca pertenecieron las alquerías de Beniardá, Benimantell, Benifato, Benasau, Abdet y Confrides…