sábado, 8 de abril de 2017

Azorín en la Ruta de Don Quijote, por Ramón Fernández Palmeral. 50 aniversario de la muerte de Azorín

AZORÍN EN LA RUTA DE DON QUIJOTE
Por  Ramón Fernández Palmeral 
Dedicado a José Ferrándiz Lozano
NOTAS PREVIAS
     Una de las características estéticas de la denominada «Generación del 98» es la búsqueda de lo llamado genuinamente español a través de nuestra gloriosa historia medieval, en la literatura del Siglo de Oro, y con la vista puesta en la raigambre tradicional de las dos Castillas, como una forma de reivindicación de los valores nacionales tras el desventurado Desastre de 1898, o muy gráficamente como escribe el catedrático Ángel Luis Prieto de Paula «tratamiento terapéutico fue la aplicación, a modo de emplaste, de iconos o símbolos con los que pudieran identificarse los españoles: ninguna duda cabe de que Don Quijote fue uno de esos iconos...»  Por esta razón, sin duda alguna, los del G-98, tomaron el III Centenario de la publicación de la I parte, como referente de símbolos nacionales que aumentaran la autoestima perdida de los intelectuales españoles, con múltiples  actos y celebraciones cervantinas, y a quienes se les llamó «Los de la cuarta salida del Quijote», con un estilo nuevo y renovado: el modernismo ya iniciada por Charles Baudelaire, y en lo filosófico por Marx, Nietzsche o Freud.
      Para la literatura española fue un tiempo cumbre del ensayo, quizás el más prolífero e interesante de nuestra literatura como una forma de autorreflexión o conciencia estética, mostrando un cuidado extremo, como se pudo observar  en plumas tan reconocidas e importantes  como la afilada de don Miguel de Unamuno en Vida de don Quijote y Sancho (1906); la filosófica y brillante prosa de Ortega y Gasset con Meditaciones del Quijote (1914);  la pesimista y disonante de Ramiro de Maeztu y su famoso artículo: «Ante las fiestas del Quijote»,(Revista Alma Española, 13-12-1903) que aseguraba que no sólo era una alucinación sino un pecado leer el Quijote; la aguda y culta de don Menéndez  Pelayo en Interpretaciones del Quijote, discurso leído en la RAE el 29-04-1904 en contestación al de José María Asensio; la científica de Ramón y Caja Psicología del Quijote y el quijotismo (1905); la poética de Antonio Machado en Campos de Castilla (1912); y la no menos prestigiosa de nuestro alicantino universal Azorín en las crónicas de viaje vertidas en La ruta de Don Quijote (1905) en la que me extenderé más adelante.
     La iniciativa fue del príncipe de los periodistas Mariano de Cavia, que además siguió atentamente la marcha de las publicaciones como atestiguó en el artículo «Lecturas del Centenario», el Imparcial 23-III-1905.
     El III Centenario fue muy celebrado en toda España, he incluso, en multitud de fachadas de Ayuntamientos y edificios públicos se colocaron placas conmemorativas dedicadas a Cervantes y a su obra, una forma  de resarcirse del ya mencionad Desastre del 98, como idea de glorificación de los mitos.
      En lo que tocó a Alicante como ya escribí en mi libro Encuentros en el IV Centenario (Palmeral 2004), perdón por citarme, el artículo «Cervantes y Alicante», publicado además en el diario «Información» de esta ciudad el 3 de enero 2005, y en la red en Orihueladigital, el entonces alcalde Alfonso de Rojas, encargó un bajorrelieve  en mármol blanco con la efigie de Cervantes y placa conmemorativa al escultor alicantino  Vicente Bañuls Aracil (1856-1934) en la fiesta celebrada el  8 de mayo de 1905.  Nos queda esperar qué hará el actual consistorio alicantino para este IV Centenario encabezado por  Luís Díaz Alperi, primer atleta entre los ediles. Al menos, la Diputación de Alicante, encabezado por el atleta de los diputados Joaquín Ripoll, ha reeditado La ruta del Quijote, con introducción de José Ferrándiz e ilustraciones del pintor Joan Castejón. La revista EL SALT del Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, que tan magníficamente dirige Rosalía Mayor, acaba de editar 18 páginas dedicadas al Quijote y su relación con los  diferentes autores alicantinos (literario, musical, plástico y fogueriles): Azorín, Óscar Esplá, Ruperto Chapí, Antonio Gisbert, Lorenzo Casanova, y en  las hoguera de San Juan, aunque han obviado o pasado por alto el ya mencionado artículo de este modesto e insignificante autor residente en Alicante, por lo que se ha privado a los lectores de ésta, tan importante revista cultural internacional (El SALT), conocer cuántas veces se nombra Alicante en el Quijote.
    El 20 de diciembre 2004 se inauguró una exposición en la Casa Museo Azorín de Monóvar con motivo del IV Centenario de El Quijote y I Centenario de la ruta de Don Quijote, y charlas en la Tertulia de Amigos de Azorín del la misma ciudad.














BREVE SEMBLANZA DE AZORIN

    José Augusto Trinidad Martínez Ruiz (Azorín)  nació en Monóvar (Alicante) el 8 de junio de 1873, durante la II República española, por lo que habría que llamarle «El último romántico».  Tomo unas interesantes notas de la página de la Casa Museo de Azorín, fundada en 1969, cuyo director es el erudito José Payá Bernabé, (cuya página web necesita inversión de la CAM, su Boletín Informativo, no está digitalizado, como una forma de potenciar la figura del inquilino):
      «...tenía tres años [José Martínez], anteriormente había residido en la casa de la calle de San Andrés, situada en el centro de Monóvar. En esa fecha, 1876, la calle tenía el mismo nombre que en la actualidad, Marqués de Salamanca [nº 6] - entonces alcalde de Monóvar- (..). La casa perteneció a Loreto Ruiz, tía de la madre de José Martínez Ruiz, María Luisa Ruiz Maestre, quien sería la legataria».  
    La familia tenía una casa veraniega en “La Cañada”, en Monóvar, donde empezó a observar la naturaleza y sus primeras descripciones líricas. De joven le gustaba jugar a partidos de pelota, afición de la época que le entusiasmaba.
    Era el mayor de nueve hermanos. Su padre tenía hacienda, era natural de Yecla, ejercía como abogado en Monóvar, su madre natural de Petrel.
    Su hermana menor Amparo, escribió en la revista literaria de Sureste Sigüenza, Alicante, nº2, 1952, un artículo titulado «Mi hermano Pepito», en el cual escribe: «mas el “pequeño filósofo” no se desdeñaba en contestar a las cartas infantiles que su hermana le dirigía desde el Pensionado». Parece ser que de joven Pepito no era muy familiar.
     Estudió José Martínez en la escuela de Monóvar y en Yecla (Murcia) el bachillerato con los padres Escolapios. Luego Derecho en Valencia, Granada y Salamanca y no acabó la carrera, en su juventud demostró, como no podía ser de otra manera, en aquel convulso final del siglo XIX, su  rebeldía y anarquismo de ideas, propios del romanticismo (libertad y revolución). En 1895 colabora en la redacción de El Mercantil Valenciano y en Bellas Artes. Se instalará en Madrid.  Jugando con el periodismo empezó a firmar con los seudónimos: Juan Lis, Fray José,  Ahriman, Cándido, hasta encontrar en 1904 el de su gusto: Azorín (Azor, ojo avizor),  tomado del  personaje de su novela Antonio Azorín (1903). El apellido Azorín es frecuente en la comarca del Alto Vinalopó, en la guía telefónica de Alicante (2004) capital  aparecen 44  personas con ese primer apellido, 19 en Novelda y 4 en Monóvar.   
      Azorín esta considerado uno de los más exquisitos y refinados escritores del último tercio del Siglo XIX y mitad del XX, periodista vocacional, inventor de la  crónica parlamentaria  y quien acuñó la denominación de origen, si se me permite la expresión: «Generación del 98», también la de El Grupo de los Tres (Pío Baroja, Maeztu y el propio Azorín). Fue un escritor prolífero, cultivó todos los géneros literarios, incluso la poesía en sus primeros años como ya demostrara el escritor José María Merino en diciembre del 2002, en el Casino de Monóvar con el libro Cumpleaños lejos de la Casa (Obras Completas). Su oficio y del que vivía fue el periodismo, apasionado de la política, diputado por cinco ocasiones: Ponteareas (PO) en 1914, por Sorbas (AL) en 1916, y Subsecretario de Instrucción Pública.
   José Ferrándiz Lozano, azoriniano y autor de Azorín. La cara del intelectual entre el periodismo y la políticas, (2001). Nos comenta en un artículo aparecido en el Diario «Información» de Alicante, 22 de enero 2005, que:
«La locura que Azorín tuvo por el Quijote es un ejemplo extremo, válido para alguien como él que hacia 1955, a sus ochenta y dos años, declaró en una entrevista que lo tenía leído diez o doce veces; ni siquiera fue capaz de precisar».
     Azorín es uno de los escritores alicantinos más conocidos junto a Gabriel Miró y Miguel Hernández (Luis Beresaluze  en su libro Trinidad de la palabra, Ecu 2003, donde se relata de una forma original las tertulias semanales en el Cielo de los tres escritores). Los primeros años fueron difíciles y duros, logró colaborar en El País, El Progreso, después en otros de más importancia y difusión, como El Imparcial; luego, durante muchos años, en ABC; también en revistas, como Revista Nueva, Juventud, Arte Joven, Alma Española y España; en el Diario de la Marina de La Habana y otras publicaciones hispanoamericanas.  Fue objeto de un homenaje en Aranjuez el día 23 de noviembre de 1913, organizado por Ortega y Gasset y Juan Ramón Jiménez, al que se sumaron la mayor parte de la intelectualidad española, solidarizandose con él por sus intentos fallidos de entrar en la Real Academia Española, que al fin consiguió en 1924 a través de su amigo el conservador Antonio Maura, con el discurso «Una hora de España» uno de los más largos dados en la Academia, y que ha sido comentado por José Montero Padilla, en la colección Cástalia Didáctica nº 33, Madrid, 1993. Existe un libro antiguo y de ocasión que actualmente vale 150 euros en Librería Renacimiento titulado: Fiesta de Aranjuez en honor de Azorín. De varios autores, incluido Azorín,  de la Residencia de Estudiantes, 1915, Madrid, 1ª edición. 20x13. 96 pág. 
     Actualmente entre los más destacados expertos sobre  Azorín se encuentran: José Payá Bernabé, José Ferrándiz Lozano, el hispano estadounidense Inman Fox, y su biógrafo Santiago Riopérez Milá.
        Autor de numerosas crónicas parlamentarias, ensayos, novelas artículos (5.500), que utilizó en sus libros. Castilla (1912) uno de sus libros más célebres y que mejor definen su estilo conciso y donde nos muestras su magisterio, de pintar paisajes impresionista con su pluma de orfebre.  
       Hemos de destacar el amor de Azorín por la obra cervantina que nos legó  artículos repartido en sus múltiples ensayos críticos literarios. Algunos de ellos los podemos leer en la edición de ErlY Danieri Visión de España Colección Austral nº 226, primera edición de 1941, se trata de una antología de breves artículos azorinianos, entre los que se hallan los dedicados a Cervantes y al Quijote «El caballero del verde gabán» y «Cervantes y José Hernández»,  El libro mejor acogido será, sin duda La ruta de don Quijote (1905), y, posteriormente con motivo del año jubilar cervantino 1947, por el nacimiento de Cervantes (1547), vieron la luz dos volúmenes: Con Cervantes, (1947) y Con permiso de los cervantistas (1948), 108 breves artículos en  extensión. El buen Sancho (1954). Que como comentó Ángel Cruz Rueda, el primero consta de recopilación de escritos anteriores más veinticinco nuevos en 1935 a 1944, el segundo datan de 1944 a 1947, insertos en prensa y otros inéditos. Sería muy deseable recopilar toda la obra cervantina de Azorín en un libro con motivo de este fugaz cometa del IV Centenario.
   Leyó Azorín una conferencia en el Ateneo de Madrid, en abril de 1905, titulada «Don Quijote en casa del caballero del Verde Gabán», donde  preguntó a los asistentes:
    «¿Qué creéis que importa más para el aumento y grandeza de las naciones: estos espíritus solitarios, errabundos, fortalecen y peregrinadotes del ideal, o estas otras prosaicas, metódicas, respetuosos con la tradición...?»
AZORíN EN LA RUTA DE DON QUIJOTE
     Tras leer una mínima parte de su extensa obra, para mí su libro La Ruta de don Quijote, 1905, recopilación de 15 crónicas en un viaje que hizo a los santos lugares de La Mancha para conmemorar el III Centenario, es mi libro de cabecera, que fue escrito por encargo de don Manuel Ortega Munilla, propietario y director del periódico madrileño El Imparcial, según notas de José María  Martínez Cachero (Cátedras, nº 214, p.17): «Será en este año de gracia de 1905 cuando el deseo se haga realidad con la invitación de Ortega Munilla para que Azorín viaje por y escriba sobre la Mancha de Don Quijote». Obra estudiada con rigor por José María Martínez Cachero en la introducción de el ya mencionado libro de Cátedra.
      La Ruta de don Quijote, una suma de crónica de viaje y crítica o ruta literaria, diario íntimo, con un estilo modernista, recreación de los lugares míticos manchegos a través de una técnica detallista y minuciosa, concesiva y perifrástica, donde usa los tiempos verbales absolutos del presente, un tono personal y personalizado, para darle a la crónica una inmediatez de acción, una proximidad al lector que de otra forma no se nos daría, y esa técnica de repetir hasta la saciedad los nombres de los personajes, un tanto anodino y melancólico, con la que quiere hacernos recordar que son crónicas o entrevistas a las gentes abúlicas de una Mancha pobre y sin noticias, y acercarnos a la verdad íntima y humana a través de pintar paisajes con la pluma, y a todo ello se le suma un vocabulario rico en términos agrarios. 
      Azorín tenía 32 años cuando viajó a la profunda Mancha, por encargo del director de el Imparcial, don Manuel Ortega Minilla, publicaciones que salieron entre el 4 y el 25 de marzo de 1905. A Azorín no le pareció muy bien el encargo periodístico, porque además, a primeros de siglo era peligroso hacer el viaje, tanto es así que don Manuel Ortega le dio un arma de fuego por si acaso se encontraba con bandidos por los caminos que antes fueron dominio de don Quijote y Sancho. Con cierta desgana emprende el viaje acompañado de un antiguo repostero [reportero sería  lo más lógico] llamado Miguel, en tren hasta Alcázar de San Juan, donde alquilaron un carrito tirado por una yegua pequeña hasta Argamasilla de Alba. En realidad Azorín no llegó a Cinco Casas como escribe en La ruta..., nos los contará años después en su libro Madrid (1941). Tomo la nota 57 de la introducción de Martínez Cahero:
      «En Alcázar de San Juan alquilamos un carrito; no había entonces automóviles; si los hubiera habido, no nos hubiesen servido; los caminos no los permiten. En un carrito que guiaba un antiguo repostero [llamado Miguel] que vivió y trabajó en Madrid, hicimos todo el viaje por pueblos, campos y aldeas de la mancha...»
      Su malestar por el viaje de cronista de encargo nos lo repite Azorín por dos veces en La Ruta... Al principio de la I Partida escribe me siento con un gesto de cansancio, de tristeza y de resignación (línea 4 y línea 16, Cátedra, nº 214). Es una crónica de abatimiento y melancolía, posiblemente debido a su desgana o desagrado por viajar a una tierra peligrosa, también nos dirá: yo tengo una profunda melancolía. Empieza comentando que se encuentra en un cuarto diminuto, otras veces un modesto mechinal o habitación muy pequeña. Azorín vive en una pensión de Madrid (creo que en calle Barquillo) que regenta Doña Isabel, la casera o patrona como se solía decir, una anciana enlutada, limpia y pálida. No nos informa de si es viuda o casada.
     La ruta de Don Quijote está dedicado a  un tal don Silverio residente en El Toboso, propietario de una colmena, autor de un soneto «alambricado» a Dulcinea y de una sátira terrible contra los frailes. Este don Silverio mantendrá un diálogo con el cronista en el capítulo XIV, al quien define como el tipo más clásico de hidalgo que ha encontrado en tierras manchegas. Era el maestro, llevaba «treinta y tres años adoctrinando niños».
       En el capítulo I, titulado La Partida, empieza el personaje, el propio Azorín, llamando a gritos a doña Isabel, no sabemos muy bien para qué, la anciana mujer sube a la habitación y mantienen una banal conversación, ella le pregunta que adónde se marcha, puesto que ha visto «la maleta que aparece en el centro del cuarto» y le responde con pesar, entristecido y resignado, que no lo sabe, luego ella le advierte casi como una enfermera que «esos libros y esos papeles que usted escribe le están a usted matando». Azorín le responde con altos ideales mesiánicos «tengo que realizar una misión sobre la tierra» como un predestinado caballero andante 
       Un suspiro de Doña Isabel «¡Ay, señor!», le evoca en Azorín una visión  de los viejos pueblos y caserones vetustos, vocablo repetidísimo por Azorín a lo largo de las 15 crónicas del libro, y en la primera tres veces. Es una de las palabras usadas por Leopoldo Alas «Clarín» en La Regenta: «Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo...», que aparece en la primera página de la novela. Lo que presupongo es un reconocimiento de Azorín hacia Clarín, el cual en 1897 hizo «encomiástico juicio» de los artículos del alicantino.
     Azorín se siente condenado por tener que escribir, encadenado al destino de escribir. Pero quizá, fue este estilo pesimista, la idea que buscaba comunicar al lector, la de una  Mancha pobre, pobre y triste, pobre y labriega y destartalada como la propia figura de ciprés lánguido y seco del Caballero de la Triste Figura, y ridículo caballero andante.
    El capítulo II, La Marcha, está contado desde la fonda de Xantapía, cuya dueña es viuda de Argamasilla de Alba. Nos hace un flash back del viaje en tren desde Madrid hasta la estación de Cinco Casas.   Hubo una línea férrea entre Cinco Casas y Tomelloso, con una estación intermedia en Argamasilla de Alba, que se abrió el 15 de febrero de 1914, por ello, evidentemente, Azorín no tomó este tren que le hubiera dejado en el apeadero de Argamasilla. Tenía la línea 19,250 Km, y tres puentes metálicos. Se suprimió el servicio de viajeros en abril de 1971. Continuó como tren de mercancías por la línea de régimen de maniobras. El último tren especial «Manantial del Vino» pasó el 5 de abril de 1987. Ha sido una constante e inútil reivindicación de la Asociación Manchega de Amigos del Ferrocarril. Se pactó una Vía Verde, que los Ayuntamientos no han cumplido hasta la fecha. Recojo la pérdida de esta línea como homenaje a Azorín que tanto amor tenía por los llamados «caminos de hierro» como lo demuestra en su libro Castilla.
     Azorín no entró en la Fonda Museo del Ferrocarril de Alcázar, de lo contrario hubiera comentado, necesariamente, sobre los azulejos del zócalo de la sala cafetería, son mil azulejos sevillanos fabricados en 1875 con diferentes escenas pintadas a mano, a modo de cliché de una película, con toda la obra del Quijote. Una verdadera joya del mosaico andaluz. En el primer azulejo vemos un retrato de Cervantes y en el siguiente la primera frase: En un lugar de la Mancha...
    En el capítulo III nos hablará el cronista de la historia y origen de Argamasilla de Alba, «la fundó don Diego de Toledo, prior de San Juan; el paraje en que se estableciera el pueblo se llamaba Argamasilla; el fundador era de la casa de [los Duque de] Alba», y amplios datos tomados de Las Recopilaciones topográficas de los pueblos de España, encuesta mandada a hacer por Felipe II en 1575, cuyo manuscrito se encuentra en la Biblioteca del Escorial. Nos hablará de los académicos: don Cándido, don Luis, don Francisco, don Juan Alfonso y don Carlos. Dice Francisco Villagordo Montalbán, que don Cándido y don Luis existieron realmente y se llamaban de apellido Montalbán (nota 14, p-97, de Cátedra nº 214). Los académicos de Argamasilla fueron seis según el pergamino que había en la caja de plomo, al final  de la I Parte del Quijote: El Monicongo, el Paniaguado, el Caprichoso, el Burlador, el Cachidiablo y el Tiqquitoc, cuando se abre la caja de plomo. Por ellos los eruditos cervantistas, entre ellos Clemencín, Hartzenbusch, y el propio Azorín consideraron que Argamasilla debía ser ese lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme. La anotación 52 del murciano don Diego Clemencín (Editorial Alfredo de Ortells, Valencia, 1998), donde escribe:
    «La idea de una Academia existente en la Argamasilla lleva evidentemente consigo la de burlarse de sus moradores, y más en el tiempo de Cervantes, en el cual estos cuerpos eran raros hasta en las cortes y ciudades más populosas y cultas».   
     Los capítulo VII y VIII, se los dedica a Puerto Lápice, sale  con Miguel a las seis de la mañana, sin embargo, don Alonso Quijano salió solo, sobre Rocinante, una mañana del caluroso mes de julio por la puerta falsa de un corral con grandísimo contento y alborozo, (Capitulo II de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha). Muy al contrario del ánimo de Azorín que se quejaba de los madrugones. Puerto Lápice dista unos 30 kilómetros, aproximadamente,  pasaron al medio día por Villarta [de San Juan], y si se regresa en el mismo día son 60 kilómetros. En ida y vuelta tardó veinte horas de carro. Nos dice Azorín que un camino cruza hacia Manzanares, esta localidad queda a unos 25 kilómetros al sureste de Argamasilla, y el suceso del criado Andrés azotado por su amo Juan de Huidobro, vecino de Quintanar, el Quintanar más próximo es el del Rey y está en la provincia de Cuenca.
    En el capítulo IX y X, irá a Ruidera  y a la cueva de Montesinos, pasa por el abandonado castillo de Peñarroya, encuentra un viejo batán abandonado «mudo, envejecido, arruinado». Para la cueva se dejan aconsejar por un guía «caminando a lomos de rocines infames». Bajan a la cueva provisto de unos hachones sin necesidad de sogas, y observa que salen grajos, cuervos o murciélagos, tal como escribiera Cervantes en el capítulo XXII de la II Parte.
    Los capítulos XI y XII, se los dedica a los molinos de viento del Campo de Criptaza donde pernocta una noche en una fonda de la que no da nombre, pero sí del nombre de una moza  que se llamaba Tránsito. Al día siguiente nos hablará de los sanchos de Criptaza, donde conocerá a don Bernardo, músico que había compuesto un himno a Cervantes para que se cantara en el Centenario, cuyo himno ha de oír nuestro cronista de puro compromiso, la pesadez propia del novel ante un profesional de las letras:
Gloria, gloria, cantad a Cervantes
creador de Quijote inmortal... 
     En el capítulo XIII entra en El Toboso: «El Toboso ya es nuestro. Las ruinas de paredillas, de casas, de corrales han ido aumentando; veis una ancha extensión de campo llano cubierta de piedras grises, de muros rotos...». Nos contará la historia de la dueña de la casa de la supuesta Dulcinea doña Aldonza Zarco de Morales. Nos dice que la calle principal de llama del Diablo, la verdad es que este pueblo, si es que en verdad estuvo en él Azorín, no le dio buena impresión. Nos habla de los Miguelistas que no son otros, sino aquellos que creen que el abuelo de Miguel era del Toboso, y donde aparece don Silverio el maestro, a quien se le dedica La Ruta de don Quijote. Y se toma la idea de que Miguel era de Alcázar, por la teoría ya desechada del alcazareño don Francisco Lizcaino y Alaminos que en 1892 publicó un libro donde de habla de la partida de bautismo de un tal Miguel de Cervantes nacido el 9 de noviembre de 1558.
    En el último capítulo XV, titulado Exaltación de España, en sin duda una reivindicación evidente de los valores nacionales, ante una situación histórica decadente como la del ya comentado Desastre del 98. Comienza diciendo «Quiero echar la llave [acabar], en la capital geográfica de la Mancha, a mis correrías». Azorín no entró en la Fonda Museo del Ferrocarril de Alcázar, de lo contrario hubiera comentado sobre los azulejos del zócalo de la sala cafetería, son  mil azulejos sevillanos fabricados en 1875 con diferentes escenas pintadas a mano, a modo de cliché de una película, con toda la obra del Quijote. Una verdadera joya del mosaico andaluz. En el primer azulejo vemos un retrato de Cervantes y en el siguiente la primera frase: En un lugar de la Mancha...

    Al final del libro aparece  el artículo «Pequeña guía para los extranjeros que nos visiten con motivo del centenario» que es un artículo suyo: «The time they lose un Spain», que había sido escrito un año antes en 1904 para el diario España, y que Azorín se lo atribuye a un imaginario y extraño doctor Dekker que vive en Madrid y está encantado pero no deja de hacer  anotaciones en su «diminuto cuaderno» el tiempo que tardan los españoles en servirle y lo que tardan los tranvías. En la edición de 1951 consideró inadecuado el anterior y los sustituyó a modo de epílogo por «Apéndice gazpachero»  que ya había sido publicado para el Crisolito de Aguilar, en un alarde de extrañas receta gastronómica/literaria sobre el gazpacho manchego y su origen, y la receta de una tal María de los Llanos (una tal María de los Llanos de Albacete) del aceite de almazara, la torta  sin levadura tostada por fuera, «palominos y aves de corral o caza de pelo [liebre o conejo de mote] o pluma, y seguidamente se cuece la carne sin el aceite. Con el aceite reservado se refríen trozos de jamón o tocino».  Y también nos hablará del gazpacho viudo, sin carne. Al que se le puede añadir «una ensalada de amargón» según Antonio, el manijero (capataz) de Hinojar (Murcia), cerca de Lorca. A la receta le falta especificar las cantidades y los tiempos de cocción, y un riego de vino de la Mancha, un Cepa Ineo de Crianza, no obstante lo mejo es hacer la ruta gastronómica manchega.

EL TOBOSO HOY
      Un siglo después, el 25 de septiembre 2004, cuando he visitado «la gran ciudad» El Toboso (Toledo), veo que es un próspero pueblo limpio y con rincones llenos de encanto y silencio. Viñas donde los labradores recogen la uva, «floresta, encinas o selva», manchas de pinos. Frente a la iglesia parroquial de San Antonio Abad con dos portadas renacentistas y una torre herreriana, se sitúa el Centro Cervantino con un Museo de ediciones de El Quijote que abrió sus puertas en 1983, donde hay una biblioteca única de ediciones del mundo (el más antiguo de 1754). Fue su alcalde don Jaime Martínez a quien se le ocurrió la idea en 1927 de pedir a cada embajador destacado en España un ejemplar editado en su país y firmado. Hoy es Natividad Martínez su mentora y alcaldesa. El viajero puede visitar dos museos: La Casa-Museo de Dulcinea que perteneció a Doña Ana Martínez de Morales, de ahí el nombre de Dulcinea (Dulce Ana), y el Museo de Humor-Gráfico Dulcinea con una colección de ilustraciones humorísticas cedidas por el dibujante gráfico Mena, Mingote y otros.

INVITACION AL QUIJOTE

        Con el libro Encuentros en el IV Centenario quiero sumarme, dentro de mis posibilidades, al IV Centenario, y dejar la huella latente de mi amor por la obra cervantina con  mi poco saber y mis torpes dibujos.  Pero antes de finalizar me gustaría hacer unas breves reflexiones y argumentar  una invitación a la lectura de El Quijote, no ya porque la coyuntura de la efeméride nos invite a ello, sino por el aprendizaje de la vida que nos deja la lectura del gran molino de los libros, y a la vez, nos abre los ojos y nos descubre un mundo de no-ficción, sino real con una vigencia palpable sobre la conducta, más oculto y secreto del ser humano.
     Aunque la filosofía de la realidad sea una pura apariencia, pues ya Ortega y Gasset introdujo el tema de la realidad y sus diversos sentidos: «cuando buscamos la realidad buscamos la apariencia». Para el filósofo la realidad era una incómoda palabra, estaba convencido de que los objetos materiales poseen una tercera dimensión que ni la vemos ni la tocamos. Y es aquí a donde yo quiero llegar, a sentir y percibir la tercera dimensión del Quijote.
     Porque como expuso Menéndez Pelayo, según notas de Alberto Navarro: «no es libro triste y demoledor, sino de exaltación y de fecunda síntesis, es decir, el último y mejor libro de caballerías y el primero e insuperado modelo de la moderna novela realista». Y tiene razón, no es un libro triste, a pesar de las burlas y ofensas que recibe Don Quijote. Cuanto estas burlas nos provocan  risas es porque no somos solidarios, o es que, por el contrario, alguna vez fuimos objetos de ellas y tomamos nuestra particular venganza.
      El título para este artículo lo he tomado prestado de un libro de Antonio Gracia, titulado: Ensayos Literarios, Apuntes sobre el amor, editado por el Instituto de Cultura Juan Gil-Albert de Alicante, 2001, (pg. 39-40).  Por entender que su contenido resume de alguna forma todo o parte de lo que intento proponer aquí.  Nos dice Gracia, que Alonso Quijano es un hombre que vive, como hoy, en una sociedad alienatoria que excomulga a los fieles a sí mismos y encumbra a los mestizos del honor.
    Mario Vargas Llosa en su discurso de los premio Cervantes (1994), dijo que «El Quijote como la Odisea, La Commedia [La Diniva Comedia] o el Hamlet, nos enriquecen como seres humanos, mostrándonos que, a través de la creación artística, el hombre puede romper los límites de su condición y alcanzar una forma de inmortalidad».
     Es cierto que la sociedad ha cambiado a lo largo de estos 400 años, no obstante, a pesar de los adelantos tecnológicos y económicos y el bienestar social alcanzado, creo, y es mi parecer, que no han cambiado los sentimientos profundos ni las debilidades humanas. Continuamos practicando la envidia, la insolidaridad, la burla y el abuso sobre el débil, la risa sobre los locos, la picaresca en los negocios de la oferta y la demanda, y si es posible introducimos la estafa, el engaño o el hurto, continuamos practicando el ritual de las apariencias y del qué dirán, el uso de las recomendaciones, el abuso del patrón o del poderoso, que  premian a los necios y se olvidan de los honrados, la discriminación de la mujer, la reverencia al clero o a los alcaldes y concejales o instituciones en busca de sus ayudas o limosnas, la desconfianza y el recelo ante el Estado o ante la Administración, seguimos reverenciando el prestigio de los que tienen poder, cátedras, títulos nobiliarios o académicos. Y me pregunto, ¿en qué sentimientos hemos  mejorado o superado a lo largo de estos 400 años?
     Hemos aprendido que para resistir ante esta agresión de los poderes sociales,  económicos, políticos y mediáticos, hay que mostrarse un poco loco o «pasar», como se suele decir vulgarmente.  Porque es evidente que los locos, beodos y los niños tienen patente de corso para decir lo que les parece sin recibir la censura que se le puede permitir a los cuerdos. Pero, tras la revolución industrial, hemos aprendido formas nuevas de convivencia, como el poder del sindicalismo y que la unión hace la fuerza.
     A través las generaciones que nos precedieron, nos ha llegado un legado irreemplazable que son valores reales y ciertos para el análisis y examen de nuestras  conciencias, y parte de este legado es gracias al ingenio y la imaginación de Cervantes, que a través de sus obras nos ha abierto una ventana, una tercera dimensión a la realidad aparente, un punto de observación desde donde asomarnos y vernos a nosotros mismos, y nos riamos de la futilidad de la vida que no es más que el quijotismo de los españoles, y a la vez es nuestra idiosincrasia a la que no debemos renunciar, puesto que ella nos hace ser reconocidos en el mundo como un doblón con garantías.
     A lo largo de estos cuatro siglos, su prestigio ha dado lugar a la creación de varias instituciones que llevan el nombre de Cervantes, como por ejemplo el Instituto Cervantes, dirigido actualmente por César Antonio Molina, que despliega por el mundo la enseñanza del español: una lengua para sentir y pensar. Tampoco olvidemos el importante Premio Cervantes de Literatura celebrado en la Universidad de Alcalá de Henares que se entrega cada 23 de abril, desde donde con un criterio exhaustivo se reconoce y premia el trabajo y la labor de intelectuales y escritores en beneficio de la lengua española. Premio que anualmente se alterna con los escritores hispanoamericanos.    
     La influencia o proyección mundial que ha ejercido Cervantes a través del Quijote sobre filósofos, pintores, músicos, escritores, cineastas, teatro o pensadores internacionales es la prueba convicción de la veracidad del mensaje cervantino que, como un venablo de ideas, llega a impactar en la sensibilidad creadora del hombre como elemento inherente al arte y a la vida misma.
     Por ello, los inequívocos valores espirituales que obtenemos o que nos proporciona la lectura del libro de los libros o el molino de los libros o joya manchega, son los motivos irrefutables para recomendar una invitación a nuestro Don Quijote eterno, y a una nueva meditación que restablezca la luz y el orden en el retablo de nuestras imperfecciones humanas, con una nueva esperanza ante esta equivocada doctrina bélica tan de lamentar.
       ¡Dejadme la esperanza!, escribió el poeta universal oriolano Miguel Hernández en su poema: «Canción última» de su libro El hombre acecha (1939).
                                           Alicante, 12 de abril 2005