Perito en pecados
Ramón Fernández Palmeral
Yo era uno de esos tipos perdedores a los
que la gente le apetecería pegarle un noski o una colleja en el cogote,
impunemente, simplemente porque le
apetece, porque presiente que no me voy a defender con violencia, pues saben, intuyen
que mi condición cristiana es la de poner la otra mejilla porque así es la
educación religiosa: ser humilde, no revelarse, no ser soberbio..., y, sobre todo confiar en
ese amigo invisible y omnipotente que llaman el Altísimo y seguir la vida de
mendigo del Mesías, pues como los pájaros comen de lo que encuentran uno
también debe seguirle. Me enseñaron los curas que ir de huelga era un pecado, que mentir era
otro confesable, y que si no confiesas no puedes comulgar, y además tenías que estar
en ayunas, con lo que se me iban los ojos al cielo. Mi educación fue represora y diferenciada, solo éramos niños en el San José Obrero dirigido por un cura jesuita que, los lunes, pasaba revista (cartilla donde se anotaban las asistencia a Misa) daba correzos a los que faltábamos a Misa los domingos.
La
idea religiosa originariamente es genial: no trabajar, andar sobre las aguas, recoger los frutos del sufrimiento en el cielo y
comer de casa en casa o pegarle el gorrazo a tu hermano o lo que te den la providencia. Siendo yo gemelo con otro hermano éste parece
que tiene otros genes intelectuales porque hizo dos carreras en la Universidad
Central, una de ella Económicas y trabaja con corbata en no sé qué torre de Madrid.
Siempre pensé, creí firmemente que el
afortunado era el hombre que vive sin trabajar, de vez en cuando echas un polvo
por la cara en alguna discoteca o te follas a una rumana en Montera por 20 €, y
así aguantas una semana más sin sueños perturbadores e incómodos que no te
puedes poner bocabajo, con la “obstinada piedra en mí brota” según el poeta
Miguel Hernández.
Y ya
está la vida contemplativa resuelta: Catecismo, sofá, televisión y algún
partido de fútbol de Atleti cuando dan entradas
de beneficencia para llenar el
estadio.
Evidentemente esta vida al relentín de
mileurista, sin más riesgo que acudir al Ayuntamiento de Madrid a fichar por
semana, era aceptable, hasta que me vino
la carta de despido, y lo más jodido, sin cobrar el paro sin firmar un puto
finiquito de un contrato temporal, y sin la S.S. Entonces me acordé de la Botella de Aznar. Es decir, que estaba en
la calle sin prestación social y me podía dedicar a ser un nuevo Mesías. Vivir predicando la verdad y
sin trabajar, a imagen de Jesucristo y de lo que he habían enseñado los curas
profesores de las clases de Religión: humildad, obediencia y seguir al Señor.
Pues no era mala idea, hasta que le pedí por
primera vez una ayuda a Dios, se me ocurrió pedirle un curro en alguna de las muchas parroquias
de las suyas, y me dijo con una voz de Biblia, “ponte en la puerta con la mano
abierta y a pedir, que algo caerá o Cáritas”. Por
favor, Señor que nunca te he pedido nada, que por este camino me voy a tener que hacer ateo.
Se lo dije así de directo y de rodillas en una Iglesia de San Agustín en el altar mayor con cierto socarronismo para contraatacar a ver
si se daba por aludido. Pero nada, oí unas risotadas como si vinieran del
cielo, y me dije pero es posible que Dios se esté riendo de mí, seguro que está
apostando con los ángeles y arcángeles el tiempo que yo aguantaba de rodillas
sin quejarme y gastado las cuentas ya gastadas del rosario.
Decidí convertirme en un pecador
incorregible, que iba pecar a mansalva, y a robar lo que pudiera en los bancos
mientras la media no me asfixiara, ni me fallara la pistola de agua de perfecta
imitación de un Star 9 milímetros largo, o atracar una joyería, porque claro
para poder robar millones a lo Bárcenas tienes que estar antes en algún partido
político, y claro esto no se consigue así como así, tan fácil, antes tienes que
ir a la Universidad y sacarte una licenciatura de Derecho o Ciencias Políticas. Así que cuando entré a la joyería de Leganés, aprovechando
que estaba de dependienta una vieja señora enjuta, entré pistola en mano, pero
la hija de puta no se amedrantó ni lo más mínimo, sino que saltó el mostrador y
me quitó la media de la cabeza que por poco se lleva la nariz por delante y me
tiró al suelo y me pateó el costillar, menos mal que yo puede huir, aunque no creo que me viera mi rostro demacrado y acojonado, era mi pirmer atraco. Al menos intenté robar y pecar, que debe ser
pecado mortal aunque fuera un robo frustrado. Al menos pequé contra el octavo mandamiento “No robarás ni hurtarás”. A ver si ahora
al Altísimo se le torcían las risitas.
Por otra parte iba a pecar con toda lujuria,
pero ¿dónde voy con esta talla en alzada de 1.60 m de alto?, y encima tengo entre las piernas un magnum 9 cm. como el de un amerindo, poco se
puede hacer, además que yo me corro a la primera; o sea, que de chulo no podía
ganarme la vida. Y es que pecar cuesta dinero, y entonces no tenía un euro. Es que
cuando uno es un pobre desgraciado es difícil cometer algunos pecados capitales
como por ejemplo la lujuria o la gula, es que la gula se puede cometer en un restaurante de lujo comiendo
mariscos y botellas de vino del Señorío de Bierzo, y con atracones de dulces y
cataratas de chocolate; pero robando en un supermercado cuatro paquetes de
cereales o galletas a uno no le pueden multar los ángeles custodios del "Supercielo". Ni tampoco
se puede cometer lujuria con dos tías
haciendo posturitas pornos que no están ni escritas ni en el Kamasutra, que hasta el Hijo Pródigo y Dalila en Sodoma y Gomorra se escandalizarían. Lo que sí tengo es mucha ira, y cabreo incontenible, y envidia mucha, una envidia de confesar de rodillas con dos Biblias en los brazos...
Ramón Fernández
Palmeral
Alicante, 7 de
julio 2013, San Fermín. ¿Era este un
santo laico?
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